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Manuscrito de Élisabeth Le Bas

Reproduzco aquí el manuscrito sin alterar el texto y sin enderezar el estilo, un poco basto y a menudo incorrecto; las mujeres de esos tiempos, grandes por sus sentimientos, no eran mujeres de letras. (N. de Stéphane Pol.)

 

Fue el día en el que Marat fue llevado en triunfo a la Asamblea que vi a mi amado Philippe Le Bas por primera vez.

Me encontraba, ese día, en la Convención Nacional con Charlotte Robespierre. Le Bas vino a saludarla; se quedó un largo tiempo cerca de nosotros y preguntó quién era yo. Charlotte le dijo que era una de las hijas del anfitrión de su hermano mayor. El le hizo unas cuantas preguntas sobre mi familia; le preguntó a Charlotte si veníamos de seguido a la Asamblea, y dijo que tal día habría una sesión muy interesante. La invitó insistentemente a venir.

Charlotte le pidió a mi buena madre la autorización de llevarme con ella. En esa época, mi madre la amaba mucho; ella todavía no tenía nada de qué quejarse. Mi madre era tan buena que ella jamás le rehusaba nada que pudiera complacerle. Ella me permitió acompañarla varias veces. Así pues, fui con ella a la Convención.

Ella ocupaba un apartamento en la parte de adelante de la casa de mi padre, rue Saint-Honoré. Eramos además muy buenas amigas, y era un placer ir a verla de seguido; a veces incluso me complacía rizándole los cabellos y ayudándola con su tocador. Ella también parecía tenerme mucho afecto.

Mi madre veía con placer nuestro apego a Robespierre y su familia. Para nosotros, ¡nosotros lo amábamos como un hermano mayor! ¡Era tan bueno! Eran nuestro defensor cuando nuestra madre nos regañaba. Eso me ocurría algunas veces: estaba muy joven, un poco atolondrada; me daba consejos tan buenos que, con lo joven que estaba, los escuchaba con placer.

Cuando tenía alguna pena, le contaba todo. No era un juez severo: era un amigo, un buen hermano; ¡era tan virtuoso! Él veneraba a mi padre y a mi madre. Lo amábamos tiernamente.

En fin, Charlotte vino a buscarme para asistir a una sesión que debía ser ruidosa. Le Bas se acercó a mí; por primera vez; me dirigió la palabra para decirme cosas muy buenas. Le dijo a Charlotte que habría una sesión en la noche, que debía ser sumamente interesante, que debía pedir permiso para que viniera con ella.

Charlotte no tuvo ninguna dificultad para obtenerla. Ella era la hermana de Robespierre, y mi madre la veía como su hija. ¡Pobre madre! ¡Ella creía que Charlotte era igual de pura y sincera que sus hermanos! ¡Dios mío, no era así!

Regresamos pues a esa sesión. Habíamos llevado naranjas y algunos dulces. Charlotte le ofreció a Le Bas y a su hermano menor. Los señores, después de estar un tiempo con nosotras, nos dejaron para ir a votar.

Le pregunté a Charlotte si podía ofrecerle una naranja a Le Bas, ella me dijo que sí. Estaba feliz por poder mostrarle una atención. Él aceptó con placer. ¡Me parecía tan bueno y respetuoso! Como ya lo he dicho, parecía que le agradaba a mademoiselle Robespierre.

En otra sesión de la Asamblea, en la que nos encontramos otra vez, ella me pidió un anillo que tenía en el dedo. Le Bas lo noto y le pidió que le permitiera verlo, lo que ella hizo. Miró la figura grabada en él, y fue obligado en ese momento, a alejarse para dar su voto, sin tener tiempo de regresar el anillo, lo que me causó un gran tormento; pues si no me lo devolvía no podría tenerlo más en el dedo. Queríamos mucho a nuestra buena madre, y temíamos preocuparle.

En la misma sesión, Le Bas nos prestó, a Charlotte y a mí, unos prismáticos. Él regresó, un instante, para hablar con Mlle Robespierre sobre lo que acababa de ocurrir en la sesión; quería devolverle sus prismáticos, él no quería tomarlos y dijo que los necesitaríamos de nuevo. Me suplicó que los guardara bien. Se alejó entonces, y, en ese momento le pedí a Charlotte que le pidiera mi anillo; ella me lo prometió, pero no volvimos a ver a Le Bas.

Había encargado a Robespierre joven que nos presentara sus excusas y decirnos que se encontraba indispuesto y que había sido obligado a partir, a pesar suyo. Yo también sentía mucha pena por no tener mi anillo y no poder regresar sus prismáticos. Temía disgustar a mi madre y ser regañada; eso me atormentaba mucho. Mi madre era buena, pero muy severa.

Charlotte me dijo para consolarme: «Si tu madre te pide tu anillo, le diré cómo ocurrieron las cosas». Todo eso me hacía bien infeliz, era la primera vez que me ocurría algo así.

Después de esa época no volvimos a tener la oportunidad de regresar a la Convención. Charlotte me dijo que estuviera tranquila respecto a lo que me atormentaba tanto. Ella me dijo también que M. Le Bas estaba muy enfermo y no podía regresar a la Asamblea.

Admito que esta noticias me hizo una gran impresión. No podía tenerlo en cuenta: yo, tan joven y tan alegre, me volví triste y soñadora; todos observaban mi tristeza, incluso Robespierre, que me preguntó si tenía alguna queja; le aseguré que no tenía nada, que mi madre no me había regañado; que no podía tener en cuenta lo que sentía. Él me dijo con bondad: «Pequeña Élisabeth, míradme como su mejor amigo, como un buen hermano; os daré todos los consejos que hacen falta a vuestra edad». Más tarde, él vio cuánta confianza le tenía. Después de un largo tiempo, ya no escuchaba a nadie hablar de Le Bas, y no sabía a quién dirigirme para tener noticias.

En esa época, íbamos de seguido, en familia, a pasear en los Champs-Élysées, escogíamos ordinariamente las alamedas más retiradas. Robespierre solía acompañarnos a esos paseos. Pasamos tantos instantes felices juntos. Eramos siempre rodeados por niños saboyanos pobres, que a Robespierre le gustaba ver bailar; les daba dinero: ¡era tan bueno! Para él era una alegría hacer el bien: nunca estaba tan contento como en esos momentos. Tenía un perro llamado Brount, al que amaba mucho; el pobre animal estaba muy apegado a él.

La tarde, al regresar del paseo, Robespierre nos leía obras de Corneille, de Voltaire de Rousseau; le escuchábamos en familia con gran placer; ¡él sabía muy bien cómo hacer sentir lo que leía! Después de una hora o dos de lectura, se retiraba a su dormitorio dándonos las buenas noches a todos. Tenía un profundo respeto por mi padre y mi madre; igual ellos lo veían como un hijo, y nosotros como un hermano.

Después de un tiempo, yo estaba menos saludable; mis padres lo notaron y tomaron la resolución de enviarme a pasar un mes en el campo, donde Mme Panis (en Chaville). Ella me daba todos los cuidados de una madre; ella me llevaba a paseas en muy bellos jardines.

Un día entre otros, ella me levó a Sèvres, a una casa de campo habitada por Danton. Nunca lo había visto; ¡pero Dios mío! ¡Qué feo era! Lo encontramos con mucha gente, se paseaba en un bello jardín. Él se nos acercó y le preguntó quién era yo a Mme Panis, quien le respondió que yo era una de las hijas del anfitrión de Robespierre.

Él le dijo que parecía que estuviera sufriendo, que necesitaba un buen amigo, eso me devolvería la salud. Él tenía el tipo de facciones repulsivas que espantaban. Se acercó a mí, quiso tomar mi cintura y besarme. Lo repelí con fuerza, aunque estaba muy débil aún.

Estaba bien joven; pero su figura me asustó tanto que le supliqué insistentemente a Mme Panis que no me volviera a llevar a esa casa; le dije que ese hombre me había dicho cosas horribles, tales que nunca antes había escuchado. Él no tenía ningún respeto por las mujeres, y mucho menos por las personas jóvenes.

Mme Panis pareció lamentar haberme llevado a esa casa y me dijo que ella no conocía a ese hombre en ese sentido; me aseguro que no regresaríamos a su casa y me informó después que él era Danton; me comprometió a no decirle a mi madre lo que había pasado, pues eso podría dolerle, y no querría volver a permitirme ir a verla. Admito que esa recomendación no me agradaba nada, pues nuestra buena madre nos había educado en el hábito de no ocultarle nada.

No quería ni siquiera quedarme más tiempo en el campo; pero mi hermano vino a verme, y pasamos tres días más; y partimos a París. ¡Dios! ¡Qué contenta me encontraba al volver a ver a mis padres! ¡Tenía tantos deseos de contarle todo a mi madre! La figura horrible de ese hombre me seguía por todas partes.

Mi madre me encontró mucho más saludable; me hizo muchas preguntas, preguntó qué había hecho en Chaville y si me había divertido, si había caminado mucho y en dónde había estado. ¡Pobre madre! No pude ocultarle nada; parecía bien perturbada por lo que le conté y me preguntó si quería regresar a Sèvres otra vez; pero dije no con tanto énfasis que no me volvió a hablar sobre eso.

Aún estaba muy triste; nuestro buen amigo Robespierre intentaba por todos los medios encontrar qué tenía, me dijo que esa tristeza no era natural a mi edad, especialmente porque había sido siempre alegre hasta entonces. ¿Qué responderle? ¡No podía resolverme a explicarle el motivo de mi tristeza!

Cuando regresé, fui a ver a Charlotte; temía preguntarle acerca de Le Bas; tenía miedo de que pensara que era por el anillo. Ella parecía contenta de verme y también me encontró cambiada. Le pregunté si había pasado mucho tiempo desde que fue a la Convención; ella dijo que sí y no podía decirme más.

¡Cuanto hubiera deseado escuchar hablar de Le Bas! ¡Dios! ¡Cómo sufría! Nadie pronunciaba su nombre, habían pasado casi dos meses desde que apareció en la Convención.

Fue después de esos dos meses de ausencia que volví a ver a mi amado. Mi madre, habiendo ido a comer en el campo con Robespierre, nos había dejado, a mi hermana Victoire y a mí, en la casa, recomendándonos ir a reservar puestos en los Jacobinos, para la sesión de la tarde, en la que se pensaba que Robespierre hablaría (los días en los que debía ser escuchado siempre había una multitud tan grande que uno se vía forzado a reservar asientos por adelantado). Fui sola y llegué a buena hora, para no perderme de nada. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando vi a mi amado! Su presencia me había hecho derramar lágrimas. ¡Cuál fue mi felicidad cuando lo reconocí!

Lo encontré bien cambiado; me reconoció enseguida y se acercó a mi con respeto. Me pidió noticias sobre mi familia y sobre Robespierre, al que no había visto después de tanto tiempo, y por el que tenía muchos sentimientos de amistad. En fin, después de un silencio de varios minutos, que él rompió de primero, me hizo varias preguntas buscando probarme.

Me preguntó si no iba a casarme pronto, si amaba a alguien, si el tocador y los placeres me gustaban, y si, casada y vuelta madre, me gustaría amamantar a mis hijos. Le respondí que seguiría el ejemplo de mi buena madre y que le pediría consejos siempre.

Entonces, me dijo que era muy buena, que quería pedirme que le buscara a una mujer muy alegre, amante de los placeres y del tocador y que no pensara en amamantar a sus hijos porque eso podría esclavizarla y privarla de los placeres que una mujer joven debería amar. ¡Dios! ¡Cómo me lastimo este lenguaje de su parte! ¡Qué!, me decía yo, ¡he aquí pues la manera de pensar de un hombre que yo creía bien razonable y virtuoso!

Quería alejarme; pero él me pidió quedarme diciendo que aún tenía algo que decirme; yo le dije que si no tenía otra cosa que preguntar, desearía retirarme, que su manera de ver las cosas siendo muy diferente a la mía, no podía aceptar el recado que quería darme de buscarle una mujer. Le pedí que le pidiera ese favor a otra persona.

Me puse tan seria; pues jamás había sentido tanto dolor: me apenaba descubrir tales sentimientos en un hombre que adoraba en secreto, que creía tan bueno en todos los sentidos. Admito que habiéndolo visto tan lleno de respeto y de atenciones hacia mí todas las veces que me lo había encontrado cuando estaba con Charlotte, y que la persistencia con la que había insistido guardar mi anillo y no pedirme sus prismáticos, que había sido un precioso regalo para mí durante su enfermedad, admito que todo eso me hizo pensar que había algo de simpatía entre nosotros. Mis ilusiones fueron entonces destrozadas.

Además, esa conversación me hizo tal impresión que estaba a punto de sentirme mal. Me decía «¡Mi Dios! ¡Qué imprudente he sido al pensar en él! ¡Cómo me sonrojaría, madre mía, si vos conocierais mi debilidad! ¡Cómo merecía ser regañada por vos! ¡Pero su hija era infeliz! Estaba enamorada y quería ocultároslo».

Había visto mi error, y quería alejarme al instante; pero él me rogó tanto que me quedara, y se apercibió del mal que me había hecho. Me dijo: «Buena Élisabeth, os he hecho tanto daño, pero perdónadme. Sí, lo reconozco, quería conocer vuestra manera de pensar. ¡Y bien! Aquella que os pedía que me buscara, mi querida Élisabeth, erais vos; sí, mi amiga, sois vos a la que he querido desde el día en el que os vi por primera vez. La he encontrado, ¡aquella a la que buscaba tanto! Sí, mi Élisabeth, si quieréis le pediré esta tarde tu mano a tus padres; les rogaré hacer nuestra felicidad enseguida». Me tomó entonces las manos y me dijo: «¿Pero no me respondes? ¿Es que acaso no sientes por mí lo que yo siento por ti?» Yo estaba tan apoderada por la alegría que no podía responderle; creía soñar. Tenía siempre mi mano y me suplicaba que le respondiera. ¡Dios! ¡Qué contenta estaba! Le dije entonces que si mis padres aceptaban nuestra unión sería feliz.

Me apretó las manos tiernamente y me dijo: «Yo también te amo; no temas; has tratado con un hombre de bien». — «Yo también, Philippe, os amo desde el día en el que os vi en la Convención con Charlotte, en esa sesión de la tarde... aún tengo vuestros prismáticos». — «Y yo, dijo él, tengo tu anillo, no me lo he quitado desde el día en el que caí enfermo y en el que no te vi más. ¡Dios mío! ¡Cuánto he sufrido, durante tanto tiempo, privado de tus queridas noticias! No podía esperar verte otra vez algún día con Mlle Charlotte, todos esos pensamientos estaban lejos de avanzar mi curación. Diez veces por día, yo te escribía, pero no osaba hacerte llegar mis cartas temiendo causarte dolor, buena Élisabeth. Varios amigos vinieron a verme, pero nadie me hablaba de ti; ¡juzga mi dolor! Finalmente, Robespierre vino un día; era el único hombre del que hubiera podido tener noticias sobre ti; ¡pero qué infeliz estaba! No sabía cómo podría preguntarle. Finalmente, se me ocurrió hablarle acerca de sus anfitriones; alabó toda la familia, me habló de la felicidad que sentía al estar entre personas tan puras, tan devotas a la causa de la libertad. Ya sabía eso por varios de mis amigos; pero, mi Élisabeth, él no me habló de ti. ¡Dios mío! Cuánto sufrí durante varios días. Ese tiempo fue tan largo... Robespierre joven vino finalmente a verme. ¡Qué felicidad para mí! Era más familiar con él: teníamos la misma edad. Hablamos de su hermano. Al final no pude retenerme; le hablé de tu familia, de tus hermanas; le hablé de ti, mi Élisabeth. Él te elogió, me dijo que sentía por ti la amistad de un hermano, que eras alegre, buena, y que eras tú la que amaba más, que tu buena madre era excelente, que ella os había educado bien, como amas de casa, que vuestro interior era perfecto y recordaba la edad de oro, que todo respiraba virtud y patriotismo puro, que tu buen padre era el más digno y el más generoso de los hombres, que toda su vida había transcurrido en el bien. Me dijo que su hermano estaba muy feliz de estar entre vosotros, que vosotros erais para él su familia, que os amaba como hermanas y veía a tu padre y a tu madre como sus propios padres. ¡Si supieras, mi Élisabeth, qué feliz estaba al escuchar hablar tan bien de una familia que honoraba ya, y que su conducta para con Robespierre, con el amigo de la libertad, me había hecho conocer y estimar! Hacía votos para el restablecimiento de mi salud, para poder encontrarte como la otra vez con Charlotte...»


En fin, después de un largo paseo y una larga conversación en el jardín de los Jacobinos, vimos llegar a mamá.

Como ya lo he dicho, se creía que Robespierre leería un discurso ese día, pero la sesión fue aplazada para el día siguiente. Entonces mi amigo fue a buscar a mi madre en la tribuna y le pidió entrevistarse con ella por un momento; mi madre dijo: con mucho gusto; y fuimos a las Tullerías.

El clima estaba magnífico. Después de varias vueltas al rededor del parque, mi amigo propuso que mi madre debía sentarse y ella consintió; entonces le pidió mi mano. Mi madre, sorprendida ante esta petición, le respondió que no tenía la intención de casar la más joven de sus hijas después de las mayores, y que todavía tenía dos hijas que casar antes que yo. (En esa época, mi hermana Sophie había desposado a M. Auzat).

Una conversación bastante viva tuvo lugar entre mi madre y M. Le Bas; él le dijo que no era mis hermanas Éléonore ni Victoire las que él amaba. Es, dijo él, Élisabeth a la que amo después de tanto tiempo. El añadió que habiendo estado enfermo durante dos meses, había sido muy infeliz por no verme, que al tener noticias de mí solo de parte de Robespierre joven, el había quería escribirme, pero había siempre temido comprometerme, el me amaba mucho para hacerme sufrir, que en din fue por un dichoso azar que me encontró cuando estaba reservando asientos para la sesión. « Le supliqué a Élisabeth, dijo, que me escuchara un momento; ella no lo quería, temiendo disgustaros; pero le imploré con tanta fuerza que terminó cediendo. Le dije que la amaba, que tenerla por esposa me haría muy feliz. La circunstancia me ha servido hoy y soy muy feliz, ciudadana, de poder pediros la mano de mi Élisabeth. Si hubiese tardado en pedírosla, siento que habría empleado todos los medios para verla lo más seguido posible; habría podido comprometerla y causarle temor; la amo mucho para eso; además, un hombre honesto no actuaría de esa forma».

Mi madre, que deseaba casar a sus hermanas antes de mí, le dijo a Philippe que estaba muy joven aún, y un poco atolondrada:

«La amo tal y como es, respondió él; seré su amigo y su mentor».

Al final era tarde: se iba a cerrar las Tullerías; mi madre, no queriendo pronunciarse positivamente, dijo que no podía prometerle nada sin el consentimiento de mi padre, y comprometió a M. Le Bas a venir a la mañana siguiente, entre las nueve o las diez; ella agregó que si mi padre consentía esa unión, ella la consentiría con todo su corazón. ¡Juzgad todo lo que debí haber sentido durante esta conversación!